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¿La izquierda está convirtiendo lo políticamente correcto en una religión?

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La Dictadura de lo Políticamente Correcto.

Otra de las cosas que me ha decidido a crear esta categoría del blog y muy probablemente a meterme en camisas de once varas, es contemplar atónito, cómo ahora, son algunos sectores de la izquierda actual quienes, con sus diferentes visiones de lo políticamente correcto, impiden que la mayoría podamos ni siquiera opinar.

Durante mucho tiempo, la corrección política se asoció a valores conservadores de derecha; luego, los sectores socialistas se lo atribuyeron a los regímenes comunistas y, tras su rechazo, lo políticamente incorrecto, pasó a ser un paradigma de izquierdas. Al menos así lo había entendido yo hasta ahora.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, los «dogmas del pensamiento de izquierdas políticamente correcto» están convirtiendo, a gran parte de la izquierda, en una verdadera religión, en la que cualquier crítica se castiga con la excomunión.

A esa élite se le ha sumado un cierto tipo de periodistas, jóvenes mayormente, que asumen como verdades absolutas, sin ningún tipo de matización, los dogmas que la jerarquía izquierdista actual establece como los únicos políticamente correctos y que caracterizan a un mundo que, según ellos, no para de ir a peor porque esa visión les interesa.

Solo lo malo vende y hay que llenar miles de horas de radio, prensa digital y televisión.

Un culpable casi perfecto.

Ha venido a ayudarme la traducción al castellano del libro del polémico filósofo y escritor francés Pascal Bruckner, “Un culpable casi perfecto”.

Aunque sus afirmaciones sobre ese «culpable perfecto» en que se ha convertido, según él, el hombre occidental blanco y heterosexual y sobre la necesidad que plantea de la “rehabilitación del mundo Occidental”, sean discutibles, hace unas afirmaciones sobre cierta izquierda actual que, al menos en parte, coinciden con lo que pretendo dar a entender.

Dice Pascal Bruckner para una interesante entrevista en NIUS

A mi entender, esa rehabilitación pasa por hacer frente a esa izquierda de la izquierda que se ha apoderado de luchas emancipatorias como el feminismo y el antirracismo para convertirlas en lo que él conviene en llamar “una religión”.

Esa “religión” la profesa una izquierda radicalizada – extrema izquierda- que atenta contra conceptos básicos de la democracia como el “pluralismo”.

No puedes tener una opinión diferente porque de hacerlo te conviertes en un hereje.

Y si eres un hereje tienes que ser castigado y obligado a callar

Supuestamente, la izquierda no se puede equivocar, la izquierda siempre representa el bien, incluida la extrema izquierda, mientras que, por otro lado, sobre la derecha siempre hay una sospecha. La extrema izquierda es el superego de la izquierda.

Los periodistas jóvenes son muy woke y muy radicales y los periodistas más veteranos son gente de izquierdas de la vieja escuela. Es decir, los veteranos aceptan que se expresen sus adversarios en un debate.

Resulta muy chocante ver que los jóvenes son intransigentes e intolerantes y que la generación que tiene cincuenta años, sesenta años y más allá, es más abierta. Esto da mucho miedo. Porque ser de izquierdas hoy significa no aceptar la discusión con los adversarios. Por eso vuelve la censura.

Es que, como decía también Riki Blanco en una viñeta editada en el País,

El enfoque religioso

Yo no creo ser tan radical como Pascal Bruckner, pero algo de eso sí que existe y por eso ese es el enfoque que me parece más claro y concordante con lo que está pasando, el enfoque religioso.

Tenemos ya varias izquierdas «auténticas» producto de desacuerdos doctrinales, acusándose mutuamente de herejes.

Todo ello hace que, como les ocurre a todas las religiones del mundo occidental, la iglesia de la izquierda «auténtica» tenga cada vez menos fieles que acudan a los oficios religiosos de cada cuatro años, como decía, un millón y medio menos en las últimas generales.

Me resulta también de interés la diferenciación que hace de la generación de izquierdistas «mayores» con los de nuevo cuño.

Yo también tengo intención de establecer comparaciones, en alguna otra entrada, entre aquella extrema izquierda que conocí, hija de su tiempo, y la de ahora, que pretende ser su continuación sin darse cuenta de que el tiempo no corre, vuela.

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